El periodismo como acto de fe en la inteligencia de los pueblos

- Autor: Analia Pinto
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A 216 años de la aparición de la Gazeta de Buenos Aires, la historia recuerda a Mariano Moreno cuyo legado más profundo fue comprender que la libertad necesitaba lectores. Hijo de una familia sin los privilegios de las élites coloniales, hizo del estudio una forma de ascenso y de las ideas una herramienta de transformación. Promovió la educación política de los ciudadanos y entendió al periodismo como un puente entre el conocimiento y el pueblo.
Cada 7 de junio volvemos sobre una pregunta que parece sencilla y que, sin embargo, se vuelve cada vez más incómoda: ¿para qué existe el periodismo?
La respuesta fundacional de la Argentina no hablaba de audiencias, métricas, algoritmos ni tendencias. Tampoco de marcas personales, posicionamiento o impacto. Hablaba de educación.
Mucho antes de que la información circulara a velocidades impensadas, cuando los libros eran escasos y las ideas llegaban después de atravesar océanos, hubo quienes comprendieron que la verdadera revolución no consistía solamente en cambiar gobiernos. Había que cambiar la forma de pensar.
La independencia política necesitaba algo más profundo: ciudadanos capaces de analizar, cuestionar y comprender el mundo que habitaban.
Por eso resulta tan significativo que una de las obras intelectuales más influyentes de los años revolucionarios haya sido la publicación de El Contrato Social de Rousseau en el Río de la Plata. Más allá de las discusiones históricas sobre quién realizó efectivamente la traducción, lo verdaderamente importante fue la publicación de la misma en La gazeta de Buenos Aires y el propósito que impulsó aquella edición: educar políticamente a los ciudadanos y ofrecer herramientas para pensar una sociedad distinta.
No se trataba de un ejercicio académico. Se trataba de acercar ideas. De explicar conceptos como soberanía, representación, derechos y libertad a una población que debía comenzar a imaginarse como protagonista de su propio destino.
En aquellos años se entendía algo que hoy parece olvidado: las naciones no se construyen solamente con leyes, ejércitos o instituciones. También se construyen formando criterio.
La frase de Moreno sigue resonando más de dos siglos después: "Es justo que los pueblos esperen todo lo bueno de sus dignos representantes; pero también es conveniente que aprendan por sí mismos lo que es debido a sus intereses y derechos."
Hay una enorme diferencia entre informar y formar.
Informar es transmitir un dato.
Formar implica despertar una pregunta.
Informar puede durar un instante.
Formar puede modificar una vida.
Los hombres que imaginaron la Argentina comprendieron esa diferencia. Sabían que una ciudadanía educada era el único camino posible hacia una república duradera.
Por eso tradujeron libros.
Por eso fundaron periódicos.
Por eso escribieron ensayos.
Por eso discutieron ideas.
No porque creyeran que el conocimiento era patrimonio de una élite, sino exactamente por la razón contraria: porque entendían que debía circular.
Décadas más tarde, otros intelectuales continuarían esa tarea desde lugares inesperados. Juan Bautista Alberdi comprendió que las personas no siempre llegan a las ideas complejas por el camino directo. Entonces eligió otro recorrido. Bajo el seudónimo de Figarillo escribió sobre moda, costumbres, bailes, música y vida cotidiana. A simple vista parecía un ejercicio de frivolidad. En realidad era una estrategia de enorme inteligencia cultural. Primero atraía, después invitaba a quedarse y una vez conquistada la atención del lector, introducía reflexiones sobre educación, progreso, ciudadanía y transformación social. La moda era apenas la puerta de entrada. El verdadero objetivo seguía siendo el mismo: formar.
Lograr que la gente leyera.
Despertar curiosidad.
Expandir horizontes.
Elevar la conversación pública.
Esa tradición recorrió buena parte de nuestra literatura y de nuestro periodismo. También aparece en autores como Julio Cortázar, cuyos textos parecían narrar una historia mientras invitaban a descubrir otras múltiples lecturas. Había siempre una segunda capa. Un llamado a la interpretación. Una confianza profunda en la inteligencia del lector.
Quizás allí se encuentre una de las diferencias fundamentales entre comunicar y simplemente producir contenido. La primera confía en la capacidad de las personas para pensar. La segunda apenas busca retener su atención.
Tal vez por eso el desafío contemporáneo resulte tan complejo. Nunca hubo tanta información disponible. Nunca fue tan sencillo acceder a noticias, opiniones y datos. Sin embargo, la abundancia de información no necesariamente produce comprensión, la velocidad no garantiza profundidad y la acumulación de noticias no genera criterio.
La sobreinformación muchas veces termina funcionando como una nueva forma de ignorancia: sabemos cada vez más cosas y comprendemos cada vez menos.
En ese contexto, recordar el origen del periodismo argentino resulta particularmente valioso. No para mirar el pasado con nostalgia. No para idealizar épocas que también tuvieron sus contradicciones.
Sino para recuperar una pregunta esencial: ¿Estamos ayudando a comprender mejor el mundo o solamente estamos aumentando el ruido?
Los grandes constructores intelectuales de nuestra historia compartían una convicción sencilla y revolucionaria: educar era un acto de confianza en las personas.
Creían que los ciudadanos podían aprender.
Que podían crecer.
Que podían desarrollar pensamiento crítico.
Que podían aspirar a algo más.
Detrás de cada artículo, cada traducción, cada periódico y cada ensayo existía una apuesta por el futuro. La apuesta de que una sociedad más educada sería también una sociedad más libre.
Quizás ese siga siendo el desafío.
No solamente informar.
No solamente opinar.
No solamente entretener.
Sino contribuir, aunque sea modestamente, a que cada lector termine una lectura sabiendo un poco más, preguntándose un poco más o mirando la realidad desde una perspectiva diferente.
Porque las repúblicas se sostienen con instituciones.
Pero también con ideas.
Y las ideas, para cambiar una sociedad, necesitan encontrar quien las lea.