Un horizonte que no se cierra: el inicio del viaje de Fernando Maza

- Autor: Analia PintoÚltima Actualización: 2026-02-05 - 19:32:00
- CQAP Medios brinda este servicio de forma gratuita. Si comparte el link para hacernos conocer entre sus amigos nos brinda una gran ayuda para continuar trabajando.
- En el Museo Nacional de Bellas Artes se realizó la presentación que marcó el cierre de la exhibición en Buenos Aires y el comienzo de la itinerancia de la muestra Fernando Maza: La construcción de la pintura, un recorrido federal que extiende la obra del artista más allá de las salas porteñas.
La muestra Fernando Maza: La construcción de la pintura, que se expuso desde octubre en el primer piso del Museo de Bellas Artes, encontró en este encuentro final —o inicial— una nueva forma de decirse. Porque lo que allí se celebró no fue el fin de un recorrido, sino el comienzo de una itinerancia que llevará la obra del artista por distintas geografías del país, replicando, casi sin proponérselo, ese impulso viajero que marcó su biografía y su pintura.
El clima fue el de una ceremonia íntima, aun en la escala institucional. El arte acompañando las vidas, interpelando desde el silencio de las salas y desde la palabra dicha en voz alta. Y en ese cruce, la narrativa poética de Arnaldo Gometz —más cercana al juego del lenguaje que a la explicación académica— ofreció una de las claves más potentes de la tarde: el horizonte.
En todas sus obras hay un horizonte, dijo. Y no como observación técnica, sino como intuición vital. El horizonte como ese lugar al que nunca se llega, pero que organiza el deseo, el movimiento, el viaje. Celebrar entonces no un cierre, sino el inicio de un nuevo trayecto, parecía casi un gesto inevitable. Si él estuviera acá, estaría contento de que iniciemos un viaje y no que cerremos una muestra, afirmó Arnaldo- director comercial de Catena Zapata-, con la certeza de quien entiende que el arte no se clausura: se desplaza.
El curador de la muestra, Pablo De Monte, retomó esa idea y la llevó al corazón de la obra de Maza. El horizonte como estructura, como sostén del paisaje, como promesa siempre inalcanzable. Y también como metáfora del enigma que atraviesa toda su pintura. Un enigma que no se resuelve, que no se agota, que abre siempre nuevas lecturas. Como el arte mismo.
De Monte compartió una escena mínima y reveladora: un guardia de sala que, tras quince días de custodiar las obras durante ocho horas diarias, seguía descubriendo algo nuevo cada jornada. Esa experiencia cotidiana condensó, quizás sin saberlo, el espíritu de la muestra: una pintura que no se deja capturar de una vez y para siempre, que exige tiempo, disponibilidad, una mirada que vuelva.
El montaje acompañó esa idea. Lejos de una disposición lineal, la obra se presentó como un mosaico abierto, invitando al espectador a establecer relaciones, a construir su propio recorrido, a encontrar resonancias entre formas, signos y paisajes. Un juego visual que se renueva en cada mirada y que promete transformarse en cada nueva sede que reciba la muestra.
La tarde también tuvo lugar para los cruces afectivos y las historias que cierran círculos. El recuerdo personal de Pablo con Fernando Maza, conocido en su adolescencia en París, sumó una capa de emoción y de tiempo vivido. Y en ese gesto, casi sin buscarlo, la muestra volvió a hablar de continuidad, de transmisión, de ciclos que no se interrumpen sino que se transforman.
El brindis final selló el espíritu del encuentro. Dos vinos —un Pinot Noir y un Malbec— especialmente creados para acompañar este comienzo de viaje, con etiquetas inspiradas en signos presentes en la obra de Maza. Saint Felicien, una vez más, tendiendo puentes entre el arte visual y el arte del vino, acompañando no solo una muestra, sino un recorrido cultural más amplio, donde la creación se celebra como experiencia compartida.
Más allá del fomento, del patrocinio o del gesto institucional, lo que quedó flotando en el aire fue algo más simple y más profundo: la certeza de que el arte no termina cuando se desarma una sala. El arte continúa. Viaja. Se desplaza. Encuentra nuevos horizontes.
Y como en la obra de Fernando Maza, ese horizonte no está para ser alcanzado, sino para seguir caminando hacia él.