Dra. Florencia Paniego – Médica dermatóloga MN94.996
IG @draflorenciapaniego
La mayoría de las personas aplica menos cantidad de la necesaria y cree estar protegida cuando no lo está. Qué dicen los dermatólogos sobre el uso correcto, la duración real del producto y los mitos más instalados.
En redes sociales circulan a diario tips sobre el uso del protector solar: cuánto aplicar, cada cuánto renovarlo, si alcanza con usarlo solo en verano o si sirve el que quedó guardado del año pasado. El problema no es que se hable del tema, sino cómo esa información se traduce —o no— en hábitos reales.
Según datos médicos, la mayoría de las personas utiliza entre el 20 y el 60% de la cantidad necesaria para alcanzar el nivel de protección que indica el envase. Es decir, muchas veces creemos estar protegidos cuando en realidad no lo estamos.
Uno de los datos que más sorprende —y que suele viralizarse— es este: si el protector solar se usara correctamente, un envase no debería durar más de una semana o diez días. Además, una vez abierto, no sirve de un año para otro, aunque el producto no esté vencido. La efectividad disminuye y deja de cumplir su función protectora.
La cantidad sí importa (y mucho)
Los médicos hablan en mililitros o miligramos, no en “dedos” ni en “gotitas”. El tamaño de los dedos varía de una persona a otra, por eso esa referencia no es fiable. Para unificar criterios, los dermatólogos utilizan la llamada “regla de las cucharas de café”.
En una persona adulta, se necesitan aproximadamente 35 ml de protector solar para cubrir toda la superficie corporal:
1 cucharada de café (5 ml) para cabeza, rostro y cuello, incluyendo orejas y nuca
2 cucharadas para torso y espalda
1 cucharada para cada brazo y manos
2 cucharadas para cada pierna, sin olvidar los empeines, una de las zonas que casi nunca se protege
Aplicar menos cantidad reduce de forma significativa el SPF real, incluso cuando se trata de un protector de factor alto.
No todo el daño solar se siente
Otro error frecuente —reforzado muchas veces por lo que se ve en redes— es pensar que solo hay daño si la piel se enrojece o se quema.
Los rayos UVB representan apenas el 5% de la radiación solar y son los responsables de las quemaduras visibles, el daño solar inmediato, el envejecimiento prematuro, las manchas y el cáncer de piel.
Los rayos UVA, en cambio, atraviesan el 95% de la atmósfera, están presentes incluso en días nublados y son los más peligrosos, porque generan un daño profundo, silencioso y acumulativo, del que muchas veces no somos conscientes.
El factor de protección solar (SPF) solo mide la protección frente a los rayos UVB. Por eso es fundamental elegir un protector solar de amplio espectro, que también proteja frente a los UVA, usarlo todos los días —incluso con nubes— y renovarlo cada dos horas.
Protector solar: no es estética, es salud
Aunque muchas veces se lo presenta como un producto cosmético o “antiage”, el protector solar es considerado un medicamento. Por eso, su elección debería ser siempre una indicación médica dermatológica.
No existen protectores solares “buenos o malos” en términos generales: existen protectores indicados para cada paciente, según su tipo de piel, edad, antecedentes, patologías y hábitos de vida. Sólo el dermatólogo puede indicar cuál es el más adecuado en cada caso.
La piel es un órgano vital: es el más extenso y uno de los más complejos del cuerpo humano. Sobre ella se manifiestan más de 3.000 enfermedades y es, además, el órgano que más envejece. El cáncer de piel es el cáncer más frecuente a nivel mundial, por lo que cuidar la salud de la piel no es una cuestión estética, sino médica.
Protegerse del sol es una decisión de salud que se sostiene todo el año.