La hipocresía de Hollywood no tiene límites, desde las relecturas antojadizas de la historia universal hasta las operaciones de corrección política para resguardar determinadas figuras o situaciones vergonzosas. Siempre bajo el pretexto de basado en una historia verídica, el cine mainstream se las ingenia para salir bien parado y así evitar cualquier argumento negativo o crítico dado que todas sus incursiones en el campo histórico resaltan la heroicidad de un protagonista envuelto en la peor pesadilla o sometido a las más aberrantes injusticias.
Mirada reduccionista si las hay cuando se toma la particularidad para no indagar sobre la generalidad y así despejar todo tipo de análisis profundo que requiere claro está compromiso intelectual en una primera instancia. Es por eso que al haber convocado al británico Steve McQueen para narrar desde un estilo muy personal la historia de la esclavitud en norte América, partiendo como base de la historia verídica de Solomon Northup -Chiwetel Ejiofor-, un hombre libre que en 1841 fue engañado y secuestrado para venderlo a las plantaciones algodoneras como esclavo, la primera inquietud que se presenta responde a la forma y no al contenido.
La respuesta para ese interrogante era sencilla tratándose de un director para quien el cuerpo es el santuario supremo y vehículo de canalización del dolor humano como ya lo demostrara en su debut con Hunger -2008- y de una manera menos explícita desde Shame, sin reservas -2011-. Por lo cual el segundo interrogante arrastra la pregunta más incómoda: ¿hasta dónde exponer el cuerpo cuando de tormentos se trata? En eso reside el eje de discusión, que lejos de clausurarse habilita a todo tipo de especulaciones a favor y en contra de la película, que conmueve a Hollywood por su valentía a la vez que despierta rechazo por su explícita y polémica estética del dolor.
No alcanza la justificación simplista de asociar un tema grave o serio como la esclavitud que no acepta miradas edulcoradas o banales para no reparar en la exageración del detalle cuasi morboso y de chantaje emocional que implica ser testigos como espectadores de la representación del dolor. No hay poética en el plano detalle o en el primerísimo primer plano de la piel despellejada de una espalda a la luz del sol; no hay lectura crítica posible cuando se apela al recurso binario de buenos y malos porque no existe doblez alguno ante un acto atroz e inmoral como la esclavitud.
Si bien es cierto que el director Steve McQueen intenta bucear en un contexto sociopolítico con una mirada humanista y absolutamente crítica de la indiferencia ante las atrocidades de la esclavitud, que se valió del recurso económico de la propiedad para encontrar el chivo expiatorio ideal que justificara semejante atropello en una raza considerada para la época inferior, 12 años de esclavitud no supera los niveles anecdóticos y parece recordar por momentos que existían hombres blancos bien intencionados pero débiles al fin, como el personaje interpretado por Brad Pitt, claro ejemplo de corrección política si las hay.
Las claves de 12 años de esclavitud -12 Years a slave- consisten principalmente en un elenco sólido que se presta en carne y hueso al melodrama y convence desde la emoción más que por el texto. Nuevamente Michael Fassbender entrega desde su composición meticulosa un nuevo monstruo y se somete a rajatabla a la dirección de McQueen con confianza ciega para encontrar el contrapunto ideal con Chiwetel Ejiofor, sin dejar de mencionar la merecida nominación al Oscar para la mexicana Lupita Nyong?o por su sentida y sensible interpretación.
Cabe esperar el veredicto de la Academia, teniendo en cuenta que la mayoría de los críticos norteamericanos coinciden en levantar los pulgares y elevar hasta la categoría de obra maestra a 12 años de esclavitud -12 Years a slave-, título que le queda un tanto grande sin por ello omitir que se trata de una buena película sin especulaciones para los golpes bajos.