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    • El romántico del hormigón: Alejandro Ginevra y la ciudad que no olvida al barrio

    • Autor: Analia Pinto
    • En VeMe, Alejandro y Mercedes Ginevra revelan cómo su legado familiar transformó Puerto Madero: de rejas a torres de cristal que mezclan barrio, lujo y asado.

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    • Desde una butaca del estudio, con el aroma de café en el aire y la expectativa de la charla, repaso el programa y observo a Alejandro Ginevra. No es solo el hombre que redibujó el horizonte de Buenos Aires; es, según se revela en la conversación, alguien que mide el verdadero lujo en tiempo y legados. Acompañados por Paula Greco en VeMe, Alejandro y Mercedes Ginevra personifican el poder discreto del Real Estate argentino: decisiones familiares que terminan modelando la ciudad.

      Su trayectoria no parece fruto del azar sino de una continuidad: la línea que une los locales comerciales de Once, donde su abuelo y su padre sentaron raíces, con la cima de la Harbour Tower es directa y palpable. En un momento de la entrevista confiesa con serenidad su prioridad íntima: "En mi caso, el amor es la familia". Esa estructura de generaciones se transforma en una estrategia empresaria que piensa en siglos, no en trimestres.

      Mercedes, compañera de vida y estratega de ventas, aparece como el contrapeso esencial. Juntos logran una simbiosis rara entre la ambición arquitectónica y la sensibilidad por la vida cotidiana. Ella traduce los proyectos de acero y vidrio en hogares donde la gente quiere vivir; él imagina la ciudad desde la altura sin abandonar la memoria del barrio.

      El corazón del relato es Madero Harbour: no un conjunto de edificios sino lo que Alejandro describe y practica como una "mini ciudad". Fue un adelantado del concepto de usos mixtos en un momento en que se pensaba que la oficina y la casa debían quedar separadas por horas de tráfico. Bajo su visión, Puerto Madero deja de ser un puerto abandonado y se convierte en un espacio de convivencia vertical. Al evocar la idea de "La ciudad de los 15 minutos", se revela una ambición que busca eficiencia urbana y cercanía humana.

      Las Torres Osten introducen una estética que, en la crónica, se compara con residencias internacionales: la tecnología y el diseño no son accesorios sino el idioma con el que GNV Group conversa con una élite que busca experiencias y no solo metros cuadrados. Y, pese a la sofisticación, el protagonista no renuncia a lo cotidiano: detrás del constructor hay un curioso romántico del hormigón, alguien que se emociona con el proceso creativo y con la mesa donde se decide cómo verá la ciudad desde arriba.

      La épica personal encuentra su símbolo en el tránsito del colectivo 160 a la Harbour Tower. Ginevra conserva la nostalgia de una infancia jugada en la calle y una lección simple: el barrio forma. Por eso, cuando proyecta el Dique 1, no sólo calcula coeficientes; busca cohesión. Su mantra no dicho se desliza en la conversación: "Queremos que la gente se encuentre", como si el diseño urbano pudiera recrear la cercanía de la tienda, el club y la casa en la era del rascacielos.

      Y en esa mezcla de futuro y memoria aflora una imagen que lo resume: el asado en el balcón. Alejandro defiende con sorna y pasión la parrilla como lujo auténtico del porteño. "Es el sueño de todo porteño", compartimos, imaginando un departamento a cien metros de altura que no renuncia al humo de la leña. Al final, cuando deja en el aire la pregunta "¿Qué es lo que te mantiene motivado?", la respuesta parece escrita en las nubes de Puerto Madero: construir hacia el futuro sin olvidar de dónde venimos.


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      Paula Greco

      Analía Pinto